Luego de la boda de mi cuñado, los padres de mi novia decidieron ir a la paradisíaca isla de Barú, en el departamento de Bolívar, en el sector del parque Corales del Rosario.
Salimos a media mañana, después de un buen desayuno y esperanzados en pasarla bien, compartir en familia y disfrutar de este pedacito de cielo en la tierra.
Todo transcurrió con normalidad: llegamos, ubicamos los carros en las zonas de parqueo, nos sentamos frente a la playa, hubo los tradicionales baños de mar, deportes acuáticos, el infaltable pescado fresco (en mi caso mojarra roja frita) y mucha, mucha gente.
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| La playa hoy tenía múltiples azules... estaba hermosa |
Cuando digo mucha, mucha gente, es en serio. Para esta época, este lugar es el destino favorito de miles de personas que llegan ahí por diferentes medios, en especial mar (en grandes yates o pequeñas lanchas) y tierra (en buses y autos particulares).
Como en cualquier balneario, todo va bien mientras no sea temporada alta (léase: diciembre-enero, junio-julio, semana santa). Si por esos descuidos de la mente, a uno se le pasa que NO se debe ir en esta época, sucede lo que para muchos es una tragedia: se forman unos mo-nu-men-ta-les trancones de alrededor de cinco, seis horas esperando en la fila.
En mi caso, fue de cinco horas totales.
Como iba comentando anteriormente, todo iba bien: los deportes náuticos, la gente, comida, descanso, hasta cuando recordamos que llegaba el momento de la partida. Estoy hablando de las 4.15 de la tarde. Como pudimos, recogimos nuestros motetes y tomamos el camino de vuelta. Con el recuerdo de una experiencia no tan agradable en el verano de 2004, tomé mi vehículo y como alma que lleva el diablo, logré rebasar en la ruta (la cual está en semi - óptimas condiciones) a unos 13 automóviles, hasta que llegué a mi lugar en la fila de pasada.
Muchos de ustedes se preguntarán el por qué corrí hasta la fila de pasada.
Resulta que para ir a Playa blanca por tierra, la persona debe ir en vehículo desde Cartagena hasta el corregimiento de Pasacaballos, ubicado cerca a la pujante zona industrial de Mamonal.
Al llegar ahí, debe abordar un ferry que cruzará, en cuestión de minutos, el canal del dique (último reducto del poderoso río Magdalena) y luego continuar en un camino asfaltado por partes, hasta llegar a la costa. Simple y sin complicaciones.
¿Donde está el problema? Para cruzar de un lado al otro, sólo hay tres ferrys en funcionamiento: uno con capacidad para tres vehículos, otro puede con 10-12 y otro pasa 16-18. Cada uno tarda en promedio de 6-8 minutos entre cargar los autos y recorrer el estrecho canal que separa Barú de Pasacaballos. No pasan simultáneamente, porque sólo hay dos lugares de descargue del lado de Barú. Así que hasta a ellos mismos les toca hacer fila.
¿Recuerdan cuando les mencioné que en la playa había mucha, mucha gente?
Bueno, hagamos un cálculo simple: Digamos que habían unas 2000 personas que fueron a la playa en auto particular. No contemos los buses, camiones, mototaxis y otros "raros" medios de transporte que se ven en el caribe macondiano.
Estas dos mil personas llegaron en grupos de a cinco (promedio arbitrario y al azar), así que mínimo habían 400 vehículos. Los cuales pasan, en promedio, 10 autos cada 8 minutos. Así las cosas, en la fila, a una persona común y corriente, se le pueden ir cinco horas o más, dependiendo de su lugar de pasada...
Como en un cuento de Cortázar
Ahora entienden el por qué corrí hasta la fila de pasada. Porque sabía que un carro hace la diferencia entre subirse a un ferry o tener que esperar la llegada de otro y tardar 10 o 15 minutos más en volver a casa.
Sin embargo, la suerte no me acompañó y llegué a la fila con 300 carros o más por delante mío. ¡Todavía era de día!
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| Todavía era de día... |
Conforme fueron pasando las horas, y la oscuridad fue haciendo presencia, recordé una experiencia del verano de 2004 en la que pasé 6 horas en el trancón y me acordé también del fabuloso cuento de Cortázar "La autopista al sur" en el que un irreal embotellamiento en la entrada a París dura días enteros y los personajes de la historia comienzan a interactuar entre sí, dando lugar a una maravillosa demostración de lo diversos que podemos llegar a ser los seres humanos.
Pues bien, hoy me hice amigo de los señores la van Hyundai, a quienes presté mi cargador del celular; conocí al vendedor de cervezas que estuvo tres veces en los evangélicos pero que se salió porque su carácter mundano pudo más que su facilidad para hacer milagros; ayudé al señor cuyo hijo estaba en Cartagena con la pierna a punto de ser amputada por una cangrena, me reí de unos conocidos que estaban a más o menos 70 carros del mío y que esperaban llegar a casa a las once de la noche, disfruté momentos de silencio y de paz nocturna mirando las estrellas en el límpido cielo de la isla, y sobretodo, también disfruté de ese monumental trancón.
Porque como decimos en Colombia "el país más feliz del mundo", todo eso hace parte del paseo.
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| El ferry dice adiós a Playa Blanca... a las 10 de la noche... |




