jueves, 4 de febrero de 2010

El caballo de los siete colores

Desde pequeño, me han encantado las historias bien narradas y que fueran fantásticas. Pues bien, cuando vivíamos en el Barrio San Pedro, (Cartagena) mi papá nos contaba en las noches estrelladas (si, envidiosos, vi noches de muuuuchas estrellas) en las que no había luz, cuentos, leyendas y fábulas a mis hermanos y a mi, sentados en su regazo o en el de mi mamá cuando sus labores lo permitían.

Una muy especial que he buscado durante mucho tiempo en la red, es la del Caballo de los Siete Colores.. que hoy les presento, con gran alegría! :)

Espero la disfruten tanto como yo, cuando estaba pequeño.
(tomada de http://usuarios.multimania.es/americalatina/lanim.htm)

El caballo de los siete colores

La grande y próspera granja de Don Isidro estaba al pie de la montaña. Una noche él y sus hijos escucharon a un tropel de caballos retozando entre sus hortalizas. Tomando linternas y escopetas se asomaron y para su sorpresa ¡vieron caballos de todos colores! Como eran caballos encantados, las balas se volvían humo en el espacio; los caballos abandonaron las hortalizas dejándolas maltrechas y sin dejar rastro, como si más que correr, volaran.
Al día siguiente, viendo el espectáculo de sus hortalizas machucadas, se pusieron muy tristes. Resembraron y Don Isidro ordenó al hijo mayor, Juan, cuidar las siembras durante la noche. Sin embargo, Juan cayó en un sueño muy profundo y a la mañana siguiente las hortalizas estaban maltrechas de nuevo. El padre le amonestó y dejó al cuidado del lugar al hijo de enmedio, Carlos. Al igual que la noche anterior, se esparció por la granja un olor semejante al que despiden las flores del árbol conocido como "galán de noche" y carlos se durmió. El padre le regañó al ver de nuevo las verduras destrozadas y puso a velar al menor de sus hijos, José. Como era muy listo, ideó un plan para no dormirse, sorprender a los caballos y de ser posible, capturar uno. Colgó una hamaca entre dos naranjos, la rellenó con hojas de chichicaste y se recostó. Cuando llegó aquel olor suave y penetrante, empezó a bostezar, pero la comezón que le causaba el roce con las hierbas de chichicaste era tan fuerte que pudo vencer el sueño. Cuando se estaba rascando, entró el tropel de maravillosos caballos. Guardándose la admiración, José tomó una soga y un momento lazó al más hermoso.
El caballo relinchaba forcejeando para zafarse pero no pudo, porque la soga tenía atada una crucita de ocote que lo fue calmando hasta dejarlo manso. Los otros caballos, al ver que su rey había sido atrapado, huyendo despavoridos. El caballito de siete colores le ofreció a José un trato: si lo soltaba, le daria al muchacho cuanto quisiera. José le dijo que no podía, que era un pícaro y debía dar cuenta a Don Isidro de sus fechorías. El caballito de siete colores prometió arreglar las hortalizas y socorrerle en cualquier peligro. Para creerle, el muchacho le pidió que antes compusiera las siembras. El caballito cantó entonces:

Piedras blancas, piedras lisas,
ojos del alcaraván
aquí se levantarán
las mejores hortalizas.
Y en el acto crecieron las más hermosas verduras. José hizo prometer al caballito de siete colores que jamás molestaría de nuevo las hortalizas de su padre, lo soltó y el caballito se perdió como un globo de colores que se lleva el viento. Cuando Don Isidro, Juan y Carlos fueron de mañana a ver el lugar, se encontraron con que las siembras estaban más hermosas que nunca. El padre, orgullosamente afirmó que su hijo era un valiente y corrió a abrazarlo.
A los hermanos mayores les entró envidia y decidieron abandonar la casa de su padre, lléndose por un rumbo desconocido. Don Isidro enfermó de la pura tristeza y José tuvo que ir buscarlos. Cuando ellos lo vieron venir, lo tomaron por las manos y los pies y lo hecharon en un pozo muy profundo. José se acordó del caballito de siete colores y lo llamó. El caballito acudió al instante y lo salvó. José corrió a alcanzar a sus hermanos y aunque no comprendieron como pudo salir del apuro decidieron tomarlo como sirviente.
Pasando la montaña y un ojo de agua divisaron un cartel. Era un decreto real colgado de un guarumo en el que se leía: "Quien gane mañana la argolla de oro en la carrera de cintas a caballo, se casará con la princesa". Resulta que el hoyito de aquella argolla era como la cabeza de un alfiler y nadie había tenido éxito en obtenerla. Los hermanos envidioso decidieron hacer la prueba y dejaron a José el encargo de hacer la comida. Entonces se acordó de su amigo y le llamó. Al instante acudió el caballito de siete colores y se fueron juntos a participar en la carrera. Cuando llegaron al palacio todos los caballeron habían pasado sin lograrlo. Anunciaron al último participante y la gente se quedó muda al ver a José vestido de seda y oro sobre el caballito de siete colores, cascos de plata y montura de terciopelo se llevaba la argolla de oro.
La ceremonia se boda se realizó al día siguiente. José mando llamar a sus hermanos, los perdonó pidiéndoles que fueran por su padre para que todos estuvieran juntos. Y el caballito de sietes colores desapareció como por encanto.

1 comentario:

Chary Wilches dijo...

:( :( sabes cuanto me gustan esos cuentos... :(