miércoles, 25 de mayo de 2011

Yo también tomé agua de la manguera... y ¡sobreviví!

Hace poco, en una velada en casa de Carlos Miranda, hablábamos de todo un poco y en un momento dado, surgió el tema de los programas de televisión de nuestra infancia y las actividades que realizábamos a diario en aquel entonces.

Surgieron múltiples comentarios y anécdotas y cada quien expresó alguna forma de inquietud respecto a la niñez de nuestros chiquillos de hoy en día. No quiero ser malinterpretado... la intención no es pontificar sobre si está mal o bien que los niños hagan las mismas locuras que nosotros hacíamos, sino que ahora es muy diferente el asunto... y eso que no han pasado más de 20 años desde aquellas épocas. (si, no soy un culicagado)

Curiosamente, en un mundo que habla de las libertades e individualidades, precisamente sucede todo lo contrario: La tecnología nos ha ido aglutinando, masificando, homogeneizando lenta e inexorablemente. Algunos autores se rasgan las vestiduras y filosofan sobre los apocalípticos e integrados. A mi, particularmente me divierte y me hace sentir muy, pero muy feliz de haber tenido mi infancia en la época en que la tuve.

Son varias razones para llegar a esta conclusión:
1. No crecí en años de guerras mundiales, donde los niños fueron de la población  más perjudicada por estos conflictos. 
2. Crecí en una época que si bien ya existían unos asomos de tecnológia, todavía no era la nota imperante.
¿Alguna vez han hecho el ejercicio de pensar si ustedes hubiesen nacido en la Edad Media?

Entonces, confieso que fue muy divertido jugar bolita uñita, trompo, bañarse en pozas, saltar belillo, jugar a la peregrina (rayuela en otros lugares), elevar cometas y otras actividades físicas que me hacían llegar a la casa a dormir de una (por eso estaba tan flaco). 

Sin embargo, también jugué Atari (5600), Nintendo (NES, SNES, 64), Sega (génesis), jugué en Videoplay (lugar para videojuegos), tuve maquinitas (predecesores del DS y gameboy) y aquí estoy también. 

A lo que quiero llegar es que, el hecho de que en algunas de las infancias de muchas personas, el uso de aparatos tecnológicos hubiese estado restringido por situaciones ya fueran económicas o de disponibilidad en su país de origen, no quiere decir que todo esté perdido frente a esta nueva generación que Lopez muy bien llama la Z.

Creo importante entonces, descubrir escenarios equilibrados para el disfrute de la infancia de nuestros pelaos: que jueguen en la calle y se embarren hasta el cogote, pero que también disfruten su época tecnológica con los mayores adelantos posibles. 

De hecho, muchos de esos que hoy colocan las cadenas (nostálgicas en su gran mayoría) son los primeros en comprarles a los hijos el WII que nunca tuvo, el aire acondicionado en el cuarto deseo, etc... a lo que yo me pregunto... ¿Qué piensan ustedes?

lunes, 23 de mayo de 2011

¿Cómo no te voy a querer?

Hace muchos años, en una bella y soleada mañana cartagenera me encontré frente a frente con el idioma español: Era un diccionario de sinónimos y antónimos de Ramón Sopena. Era hermoso: tapa gris con letricas y palabras en la solapa. Me lo regaló mi papá con una dedicatoria que aún recuerdo perfectamente: "Para mi hijo Pablo, gran dominador del idioma; que el utilizarlo te lleve a nuevos e insospechados caminos". 

Ese pequeño detalle, marcó el inicio de mi estrecha y profunda relación con las palabras. Hoy reflexiono sobre la importancia de éstas en mi vida y me descubro sonriendo mientras escribo esta entrada. Antes que nada, me río porque disfruto tanto del contacto con las letras y las palabras, con sus significados y sentidos, tanto como los matemáticos de corazón sueñan por las noches con resolver la hipótesis de Riemann.

Una de las razones por las cuales disfruto tanto mi trabajo es porque en mayor o menor medida, siempre estoy jugando con palabras, construyendo discursos, revisando estilos o cualquier cosa relacionada con construcción de sentidos en las letras y oraciones. Así que piensen bien los detalles que van a dar, nunca saben cuánto marcarán el destino de una persona con un hecho aparentemente insignificante como regalar un diccionario.

Eso me lleva a continuar con la idea principal de esta entrada: contarles que mi relación con las palabras y oraciones es de siempre y abarca de lado a lado mi vida, pasando por el toque romántico inefable de los creyentes en el poder infalible de un buen vocabulario, de una correcta expresión tanto oral como escrita.

Tanto así, que mientras los ídolos de mis amigos eran los jugadores del Real Madrid y el Barza o cantantes de moda, yo levantaba niñas a punta de transformar poesías y acomodarlas al lenguaje coloquial, emulando a mis poetas favoritos como Benedetti, Niño, Becquer. 

Recuerdo claramente una vez que cuando tenía 16, le hice firmar a una nena un contrato autenticado en el que ella adquiría mi corazón; o la vez que cuando a mi buen amigo Wil Florez la novia de ese entonces le mandó una boleta de citación a un juzgado (falsa, por supuesto) por haberle robado el corazón. Y así, tendría múltiples oportunidades para que ustedes conocieran cómo ha influenciado la poesía mi vida. En especial, esta que les pongo a consideración, del gran maestro Jairo Anibal Niño (recomendada por mi bella hermana Nuryta): 

¿Cómo no me vas a querer?

Cómo no me vas a querer 
si soy un bombero heroico
que acaba de salvar a un gato
al que se le incendiaban
seis de sus siete vidas.

Cómo no me vas a querer
si soy el capitán de la nave
que se posa suavemente
en una América del sur
de un planeta lejano.

Cómo no me vas a querer
si acabo de ganar
-por amplio margen-
la Vuelta a Colombia en bicicleta
y el Tour de Francia.

Y definitivamente
cómo no me vas a querer
si soy capaz de soñar todos los sueños,
incluso el más lindo de todos:
soñar que tú me amas.

Como me puso mi hermana en la carta que me mandó de Bogotá con este poema: 
Flaquito, qué tal el final? demoledor, cierto?
Si.

Que lo disfruten.

lunes, 16 de mayo de 2011

Price Tag

Hoy quiero compartir con ustedes una canción que escuché en la mañana. Me recordó una esencia que no se nos debe olvidar: No todo es dinero en esta vida. Hay cosas que valen la pena: Aquel helado, esa comida con la familia, ese paseo con los amigos, aquella ida a jugar PS o paintball... Estos días han sido magnificos para mi. Me he reencontrado con viejos amigos, he salido un poco de la rutina (por momentos), pasé un fin de semana maravilloso en casa de mis papás con mi hermanita Gisse y mi mamá. Nos divertimos tanto el día de la madre! En fin, este post, con un aire de nostalgia y ganas de compartir en familia, viene precisamente cargado de música para el alma. Forget about the price tag. (Olvídate del precio).


No nos olvidemos de la letra.

¡Que lo disfruten!