lunes, 23 de mayo de 2011

¿Cómo no te voy a querer?

Hace muchos años, en una bella y soleada mañana cartagenera me encontré frente a frente con el idioma español: Era un diccionario de sinónimos y antónimos de Ramón Sopena. Era hermoso: tapa gris con letricas y palabras en la solapa. Me lo regaló mi papá con una dedicatoria que aún recuerdo perfectamente: "Para mi hijo Pablo, gran dominador del idioma; que el utilizarlo te lleve a nuevos e insospechados caminos". 

Ese pequeño detalle, marcó el inicio de mi estrecha y profunda relación con las palabras. Hoy reflexiono sobre la importancia de éstas en mi vida y me descubro sonriendo mientras escribo esta entrada. Antes que nada, me río porque disfruto tanto del contacto con las letras y las palabras, con sus significados y sentidos, tanto como los matemáticos de corazón sueñan por las noches con resolver la hipótesis de Riemann.

Una de las razones por las cuales disfruto tanto mi trabajo es porque en mayor o menor medida, siempre estoy jugando con palabras, construyendo discursos, revisando estilos o cualquier cosa relacionada con construcción de sentidos en las letras y oraciones. Así que piensen bien los detalles que van a dar, nunca saben cuánto marcarán el destino de una persona con un hecho aparentemente insignificante como regalar un diccionario.

Eso me lleva a continuar con la idea principal de esta entrada: contarles que mi relación con las palabras y oraciones es de siempre y abarca de lado a lado mi vida, pasando por el toque romántico inefable de los creyentes en el poder infalible de un buen vocabulario, de una correcta expresión tanto oral como escrita.

Tanto así, que mientras los ídolos de mis amigos eran los jugadores del Real Madrid y el Barza o cantantes de moda, yo levantaba niñas a punta de transformar poesías y acomodarlas al lenguaje coloquial, emulando a mis poetas favoritos como Benedetti, Niño, Becquer. 

Recuerdo claramente una vez que cuando tenía 16, le hice firmar a una nena un contrato autenticado en el que ella adquiría mi corazón; o la vez que cuando a mi buen amigo Wil Florez la novia de ese entonces le mandó una boleta de citación a un juzgado (falsa, por supuesto) por haberle robado el corazón. Y así, tendría múltiples oportunidades para que ustedes conocieran cómo ha influenciado la poesía mi vida. En especial, esta que les pongo a consideración, del gran maestro Jairo Anibal Niño (recomendada por mi bella hermana Nuryta): 

¿Cómo no me vas a querer?

Cómo no me vas a querer 
si soy un bombero heroico
que acaba de salvar a un gato
al que se le incendiaban
seis de sus siete vidas.

Cómo no me vas a querer
si soy el capitán de la nave
que se posa suavemente
en una América del sur
de un planeta lejano.

Cómo no me vas a querer
si acabo de ganar
-por amplio margen-
la Vuelta a Colombia en bicicleta
y el Tour de Francia.

Y definitivamente
cómo no me vas a querer
si soy capaz de soñar todos los sueños,
incluso el más lindo de todos:
soñar que tú me amas.

Como me puso mi hermana en la carta que me mandó de Bogotá con este poema: 
Flaquito, qué tal el final? demoledor, cierto?
Si.

Que lo disfruten.