Una situación totalmente inesperada que me acaba de suceder, ha puesto en perspectiva las soluciones que tiene un hombre cuando tiene problemas del corazón: o puede sucumbir a sus impulsos y tirarse del techito una y otra vez, o puede simplemente, recurrir al poder de la lectura como reparador y distensionador de emociones.
He escogido esta última solución, puesto que soy un tipo que se precia de ser intelectual y de darle un toque racional a sus emociones.
Lastimosamente, por esos azares del destino, estuve bastante perdido de mis amigos íntimos durante mucho, mucho rato. No me refiero a personas en específico. Hablo específicamente de los libros. Tengo más de dos años, en los que el óxido del olvido ha carcomido los cimientos de mi cabeza Claro, de mis otros amigos íntimos, también ando perdido (wilmer, fay, diani y otros).
No es fácil, para un preciado de intelectual abandonar por tanto rato la literatura. Me viene a colación una imagen: Una noche en casa de mi buen amigo de Ronald Silva en Santa Marta... yo me había ido a dormir cansado, mientras él, se afanaba en comenzar (como a eso de las once de la noche) la lectura de un clásico filosófico cuyo título se me escapa en este momento, pero que realmente me impactó. No por el libro en sí, sino porque estaba acompañado de otros cuatro textos que mi buen amigo estaba leyendo y se disponía a leer en esa cálida noche samaria. A todas estas le pregunté: Mi vale.. ¿y a qué hora lees? Él me dijo: Desde ahora, como hasta las tres de la mañana. Yo dije: No jo da! ¿y lo haces todos los días? y como si fuera la cosa más natural del mundo me dijo: Sí.
Desde ese día me di cuenta de mi carácter pseudointelectual, porque para serlo en realidad, toca tener disciplina y el coraje de sacrificar ingentes horas de sueño por estar en compañía de uno mismo, leyendo y aprendiendo constantemente y a la larga, terminar siendo un poco más sabio.
Ahora, frente a esta situación que la vida convoca ante mí, (o más bien, que yo mismo provoqué) creo que encontrarme con el viejo vicio de la lectura y conectarme con mis amigos los libros, es una solución salomónica, todo con el fin de no herir a nadie y pues seguir creciendo y desarrollando aún más un poco de conocimiento libre, y de paso, si tengo suerte, ser un poco más sabio.
Creo que el ejercicio de continuar leyendo antes que sucumbir ante otras pasiones que desgastan, es una oportunidad para soñar y seguir en el camino, sin desfallecer.
Algunos dirán que es meter la cabeza como el avestruz y aislarse de la realidad. Coincido con ellos. Pero, ¿Y quién está dispuesto a acompañarme en mi dolor?
He escogido esta última solución, puesto que soy un tipo que se precia de ser intelectual y de darle un toque racional a sus emociones.
Lastimosamente, por esos azares del destino, estuve bastante perdido de mis amigos íntimos durante mucho, mucho rato. No me refiero a personas en específico. Hablo específicamente de los libros. Tengo más de dos años, en los que el óxido del olvido ha carcomido los cimientos de mi cabeza Claro, de mis otros amigos íntimos, también ando perdido (wilmer, fay, diani y otros).
No es fácil, para un preciado de intelectual abandonar por tanto rato la literatura. Me viene a colación una imagen: Una noche en casa de mi buen amigo de Ronald Silva en Santa Marta... yo me había ido a dormir cansado, mientras él, se afanaba en comenzar (como a eso de las once de la noche) la lectura de un clásico filosófico cuyo título se me escapa en este momento, pero que realmente me impactó. No por el libro en sí, sino porque estaba acompañado de otros cuatro textos que mi buen amigo estaba leyendo y se disponía a leer en esa cálida noche samaria. A todas estas le pregunté: Mi vale.. ¿y a qué hora lees? Él me dijo: Desde ahora, como hasta las tres de la mañana. Yo dije: No jo da! ¿y lo haces todos los días? y como si fuera la cosa más natural del mundo me dijo: Sí.
Desde ese día me di cuenta de mi carácter pseudointelectual, porque para serlo en realidad, toca tener disciplina y el coraje de sacrificar ingentes horas de sueño por estar en compañía de uno mismo, leyendo y aprendiendo constantemente y a la larga, terminar siendo un poco más sabio.
Ahora, frente a esta situación que la vida convoca ante mí, (o más bien, que yo mismo provoqué) creo que encontrarme con el viejo vicio de la lectura y conectarme con mis amigos los libros, es una solución salomónica, todo con el fin de no herir a nadie y pues seguir creciendo y desarrollando aún más un poco de conocimiento libre, y de paso, si tengo suerte, ser un poco más sabio.
Creo que el ejercicio de continuar leyendo antes que sucumbir ante otras pasiones que desgastan, es una oportunidad para soñar y seguir en el camino, sin desfallecer.
Algunos dirán que es meter la cabeza como el avestruz y aislarse de la realidad. Coincido con ellos. Pero, ¿Y quién está dispuesto a acompañarme en mi dolor?
2 comentarios:
wow! tanto asombro no cabe en la cabecita de una mariposita...mi "google" admirando a alguien más :P...que buena que esta sea la salida osi..recuerda siempre que "podrán cortar todas las flores, pero jamás acabarán con la primavera": Pablo Neruda.
La amistad de los libros es la que mas debemos cuidar, que bien por retomar el vicio, te voy a seguir las aguas.
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