domingo, 19 de abril de 2015

El tiempo detenido. Con signos de interrogación.

Los actos de barbarie de las FARC contra 11 soldados colombianos, avivaron (una vez más) la llama de la polarización en el país: Surgen, como en el pasado, los defensores a ultranza del plomo y la bala, y por el otro, los amigos del proceso de paz con estos grupos. Creo que esto no es nada bueno. No hay matices, solo blanco o negro.

Mientras seguimos en discursos de orillas contrarias (sin una visión conjunta de país), el tiempo, ese implacable recolector de tragedias humanas, continua su paso y ya alcanzamos más de 60 años sin llegar a ponernos de acuerdo en el color del trapo que llevaremos con honor (hoy son unas manillitas muy bonitas rojas, azules, verdes o amarillas según el partido de procedencia) y nuestros hijos, padres, amigos y no tan amigos, mueren producto de un conflicto que engorda las arcas de los señores de la guerra, sean del bando que sean.

Por eso, me parece más que pertinente traer, a manera de reflexión, otro aparte del discurso - programa que pronunciara Jorge Eliécer Gaitán hace 70 años en su aspiración presidencial:

La corrupción electorera
Una propaganda aviesa ha reemplazado el convencimiento y convertido en capitanes de revolución a satisfechos gozadores de la cosa pública y en agentes reaccionarios a los hombres de avanzada. El respeto a la Constitución y a la ley está suplantado por la habilidad para los pretextos tendientes a justificar su violación. De este caos surgen militares que olvidan nuestra incancelable devoción por las normas de la vida civil y pretenden hacernos retroceder a tiempos primitivos con mengua de nuestras costumbres cívicas, y quienes aplican sanciones con desprecio de normas constitucionales y legales de universal acatamiento en el mundo civilizado. La obra y la realización son sustituidas por el fatigante método de las promesas. La mayoría ciudadana está ausente del deber de intervenir en las elecciones, mientras en algunos lugares los políticos intentan la corrupción por medio de la compra del voto, y en otros establecen el imperio de los mismos vicios de fraude de ayer y anteayer. Se habla espectacularmente de la defensa de los hogares obreros y de la clase media, al mismo tiempo que las entidades públicas desarrollan la más escandalosa labor de propaganda alcohólica y de estímulo al juego. Los funcionarios se ufanan de su creciente triunfo en el comercio de tósigos embriagantes que la raza paga al precio de su degeneración. En fin, es innecesario continuar enumerando lo que todos sabemos y todos confesamos, con la diferencia de que unos lo decimos en público y otros practican la táctica de callarlo, pues juzgan más importante la conservación de sus privilegios, que reposan sobre la santidad de la mecánica política.*
Parecería que el país vive un ciclo recurrente: los problemas vuelven a ser los mismos, las soluciones parecidas y el entorno se vuelve a repetir con distintos actores. ¿Cómo romper esos círculos? Cómo convertirlos en virtuosos? 

No digo que todos deberíamos tener el mismo trapo. Jamás. Lo que creo es que debemos saber primero, qué trapo llevamos. segundo, por qué lo llevamos y tercero, para qué. En este trayecto, llevar una postura no implica censurar la otra, condenarla; al contrario, la fuerza de las razones debería ser obligante, no el imperio de la fuerza o la autoridad. 

De seguir por el camino de la indiferencia, en el que me acojo al trapo del momento y no actúo por convicciones propias que busquen el bienestar común, nuestra nación no tendrá una verdadera oportunidad de progresar y nuestros descendientes sufrirán nuestra ceguera irracional hasta que algunos logren abrir los ojos y ver juntos hacia el futuro.

*Aparte recuperado de http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/politica/liberal/cap12.htm 

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